Delectura

El silencio del bosque Tana French

¿Silencio? El bosque no duerme. El bosque vigila.

El bosque se estremece y se resquebraja ante el dolor. Esto es de Tana French. En El silencio del bosque Adam Ryan, o debería decir Rob Ryan, es un detective que habla de sí mismo. Continuamente, sin parar. De sus terrores, de sus miedos, de sus deseos. Con voz quebrada, asustado, sudoroso. Inestable, intenso, insomne. No se guarda nada. O sí, en sus confesiones esconde lo que no sabía de sí mismo y de los demás y confunde lo que no quería ver ni oír, hasta el final. Olvidar o recordar una tarde de verano es una constante disyuntiva para Rob, pero no una alternativa para Adam.

Adictos a la policíaca, anotad esta novela. Alerta para yonquis del thriller adrenalínico y experimentados cazadores de asesinos en serie: en esta historia no puedes rendirte. Es lenta, tremendamente lenta, debes tomártelo con calma y apreciar cada pensamiento. Déjame que te recomiende dos cosas: o bien te das la vuelta en las primeras ochenta y ocho páginas o bien te adentras en su espesura hasta el final. Si avanzas con paso inseguro y la hojarasca que cruje bajo tus pies te hace dudar, puedes llegar a descubrir el cadáver de la pequeña Katy Devlin en el yacimiento de Knocknaree pero asegúrate de parar antes de haber conocido a sus padres y hermanas. Si por el contrario aprecias la peculiaridad, sube el muro como hicieron Adam, Jamie y Peter veinte años atrás en 1984, te rascarás las rodillas y los codos al caer. Tal vez, como a mí, te dará la sensación de haberte golpeado la cabeza en algún momento y no sabrás dónde estás; te levantarás confusa y desorientada quinientas páginas después, pero a diferencia de ellos volverás.

Tres jóvenes policías llegados a la Brigada de Homicidios por senderos muy distintos (Rob Ryan y Cassie Maddox con muchos demonios, y Sam O’Neill con muchos ideales) serán los encargados de resolver el asesinato de una pequeña promesa de la danza de un pueblo en las afueras de Dublín. Una de las gemelas de los Devlin, una familia de clase trabajadora conocida de la localidad, aparece cuidadosamente depositada (muerta, claro está) en la piedra ceremonial de la Edad de Bronce de un yacimiento que debería declararse patrimonio cultural. A la excavación le quedan dos semanas antes de que empiecen las obras de construcción de una autopista que conecta con Dublín desde el suroeste y que supondrá el florecimiento de un lugar con la moral podrida y el alma marchita. La Operación Vestal transcurre entre días grises y lluviosos. La investigación avanza en el piso de Maddox. Alimentados con vino y whisky caliente, a ritmo de swing y nocturnos de Chopin, los Gardaí (que nunca se rinden) barajan el Münchausen, el abuso, el maltrato, la pedofilia y la pederastia; y escarban en el favoritismo político y la corrupción que sembró El Tigre Celta (no desvelo nada). Desfilan padres y madres hartos de culpa y resignación, hijos e hijas trastornadas, vecinos perturbados, pandilleros rehabilitados, jóvenes utopistas y políticos de nivel medio. Figuras ensombrecidas de diferente tonalidad que forman el espectro de un colectivo de hombres y mujeres que no albergan mucha esperanza.

Y entre sombras y sospechas se enmaraña el pasado. En el mismo bosque, una tarde de verano, se esfumaron los amigos de Adam Ryan. Peter y Jamie. Nunca hallaron sus cuerpos. ¿Desaparecidos o muertos? ¿Secuestrados o asesinados? ¿Podría ser que la fatalidad haya previsto el retorno de Rob para resolver aquello de lo que Adam lleva escapando toda la vida?

Leer El silencio del bosque es como escuchar la narración de una pesadilla escrita con estilográfica. Yo sucumbí a su prólogo. Desde la primera línea quería ver qué se revolvía bajo el sotobosque, aparte de humedad y lombrices. Luego quería entender quién o qué se reía entre los robles y los fresnos. Y continué porque además de tierra y brotes, se me estaba metiendo la muerte entre las uñas mientras crecía el hormigueo que me bajaba por la espalda, creo que de la miseria que empezaba a caer de las hayas.

Mi debilidad por esta novela no reside tan solo en el hecho de que se inmiscuyan indistintamente referencias a Mulder y Scully o Colombo a la par que Eurídice o T. S. Eliot, aunque influye desde luego. Y tampoco en la pareja singular Ryan Maddox que va respirando por la luz que acaricia las copas de los árboles y se ahoga por la oscuridad de sus raíces. No sabría decirte qué es lo que me ha atrapado y tal vez eso sea lo más importante. Yo buscaba un motivo y no lo hallé porque no lo había. Te gustará o no, eso es algo que dejo para ti, pero merece la pena una lectura.

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