Delectura

El verano irrespirable Marion Brunet

Una negra finísima y una negrísima denuncia social.

La mirada es directa, clara e incisiva. Sin romanticismo alguno. Lo de Marion Brunet, encarándose con lo más ordinario de un espacio emocional y físicamente marginal, es una bofetada con la mano abierta. Una narración que engancha desde la primera paliza hasta la última canción: “Jolene, Jolene, Jolene, Jolene, please don’t take him just because you can.” Poner en una misma banda sonora a Gala, Die Antwood y a Dolly Parton tiene que querer decir algo.

De esta novela desbordan el carácter y la intensidad de unos personajes que han perdido la partida en la casilla de salida y se mueven por un tablero de oportunidades limitadas. Aunque algo descoloridas, las piezas han logrado resistir en el mismo juego de siempre, uno en el que no parece que se puedan cambiar las normas.

El verano irrespirable de Fontaine-de-Vaucluse, una población próxima a Aviñón, es un relato de humillación y desprecio que se repite una y otra vez. Una ofensa que reaviva el odio, el rencor y la frustración; que frena noches de feria y escapadas a fiestas y festivales.

El embarazo adolescente de Céline sugiere el fatal destino heredado de su madre, Severine. El menosprecio hacia el extranjero-siempre-culpable recuerda la maldición de su padre, Manuel. El hijo de un inmigrante español sin nada que ofrecer. La canícula y la rabia profunda lo nublan todo y esta vez la ira se dirige contra Saïd. Pese al camuflaje, no ha cambiado nada, se diría que la historia tan solo ha variado de pobres imbéciles protagonistas.

Y sería así si no fuera por Johanna, el contrapunto perfecto a la amalgama de pelagatos, de perros (y perras) que protegen el territorio de vidas que no valen nada. Jo, es la hija de quince años que por costumbre se muestra ajena a las miserias familiares y su periferia racista, xenófoba y machista en la que se impone la diferencia de clases. Es la que crece haciéndose fuerte ante una normalidad asquerosa, y es la que tal vez sería capaz de romper el círculo al quemar la cuna que la encarcela.

Este camino de tierra que deja marcas de origen, de recorrido y que no lleva a ninguna parte ha sido una sorpresa total. Sobria, sencilla y en ocasiones muy cruda, se lee a ritmo de atracción de feria. Se abre como una Tarántula que alarga las patas, Freed from desire sonando a todo volumen, una y otra vez, sin parar. Es la pista de baile de una edad sin inocencia, un largar sin embudos, es un verano asfixiante que no se termina, es un verano circular.

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