Delectura

El ferrocarril subterráneo Colson Whitehead

Llamar a las cosas por otro nombre no cambia lo que son.

«Ninguna cadena ligaba las desgracias de Cora a su personalidad ni su comportamiento. Tenía la piel negra y así era como el mundo trataba a los negros. Ni más, ni menos.»

El ferrocarril subterráneo es un recorrido excepcional, una peregrinación extraña con la magia necesaria para poder soportar en cada parada el brutal choque entre certeza y verdad. Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Tennessee, Indiana… Son estaciones del orden lógico de una armonía sangrienta.

Cora es nieta de Ajarry, una esclava que sabía su lugar, e hija de la fugada Mabel y de Grason, a quien las fiebres diluyeron el sueño de comprar su libertad. Ajarry, Mabel, Grason y Cora eran parte del libro de contabilidad de la esclavitud, eran cargamento y herencia, posesiones de la plantación Randall, un mal necesario de los beneficios del algodón.

«Cuando te venden tantas veces, el mundo está enseñándote a prestar atención. Ajarry aprendió a adaptarse rápidamente a las nuevas plantaciones, a distinguir a los matanegros de los meramente crueles, a los haraganes de los trabajadores, a los chivatos de los discretos. A amos y amas por sus grados de maldad y diversos estados de ambición y recursos.

En América lo raro era que las persones eran cosas. Si eres una cosa – un carro o un caballo o un esclavo – tu valor determinaba tus posibilidades.»

Y tu suerte se definía por lo mal que podían irte las cosas en cualquier momento.

Cora también aprendió rápidamente que en el corazón del Rey Algodón la esperaría siempre el grito; el gato de nueve colas de Connelly; la sombra de Terrance Randall atacando con su lobo de plata; la llamada al trabajo de Moses, monstruo negro de las hileras de algodón y tratante de intrigas de cabaña; y que allí la aguardaría el recordatorio de que la esclava solo es ser humano un minúsculo instante en la eternidad de su servidumbre. Justo antes de perecer.

Como los boniatos de su huerto robados y aplastados, así fue su florecimiento. Arrastrada detrás del ahumadero por Edward, Pot y dos peones de la mitad sureña. Ahora estaban muertos, pero eso no significaba nada porque en aquella realidad no hacían falta venganzas.

Fue desterrada a Hob donde vivían – antes de suicidarse – las negras utilizadas con violencia por hombres y bestias. Las que habían dado a luz hijos raquíticos, atrofiados y enfermos. Como Margaret y Rida, como Lucy y Titania, enloquecidas por los golpes y por el sufrimiento, unas mudas y otras bramando los nombres de sus malditos muertos. Cora estaba entre ellas. Mutiladas todas sus sensaciones, ya únicamente sentía el dolor de cualquier memoria.

Los negros no tenían cumpleaños así que algunos como el viejo Jockey andaban inventándolos, sin importar los días, los meses o los años. Otras, como Cora, no querían saber cuándo habían llegado al mundo de los blancos, no era nada de lo que alegrarse, no había nada que celebrar. Y luego estaba Caesar, llegado de Virginia, vendido en una subasta en Savannah. Él sí sabía quién era y cuándo había nacido. A él Cora ligó su primer destino.

En Carolina del Sur se despojó de la tela tiesa para negros y se cubrió con un algodón suave y limpio comprado con su paga, en una tienda para negros. Estaba aprendiendo con la Sra. Handler, el Sr. Field y el Dr. Stevens como era la nueva esclavitud, imaginándose momentáneamente libre.

«No eran pura mercancía como antes, sino ganado: criado, capado. Encerrado en residencias que eran como gallineros o conejeras.»

Cora empezaba a entender que allí donde se encontrara la perseguiría la plantación, cada terror particular, cada horror universal. Las heridas por los castigos de desobediencia supurarían durante años y las cicatrices de las transgresiones no desaparecerían. Las marcas de propiedad del esclavo son como las marcas de nacimiento.

Lizzie, Bessie, Martha, Peggy, Sukey, Cora… Todas ellas cargarían con diferentes tipos de cadenas a lo largo de la vida, y se estremecerían a cada muestra de la encarnación de la maldad.

¿Descubriría con cada viaje que tal vez no exista para ella un paraíso al que escapar, ni siquiera un libro, tan solo infiernos de los que huir? Aun así lucharía, con su parte esclava y con su parte humana, hasta el final del trayecto, fuera cual fuera.

Cada fuga de este relato es una lección aprendida. Una verdad que se construye ante las mentiras de cualquier interpretación de rebelión. La verdad del mundo que nadie quiere escuchar es que no todos fueron «creados iguales». Que los hombres que escribieron esas palabras ni siquiera las entendieron. Todos no significa «todos» porque la esclavitud sólo es pecado cuando el yugo somete al blanco. Los negros no son hombres y por ello se les puede arrebatar cualquier cosa, todo aquello que puedas agarrar, tierra, cuerpo o libertad.

Una y otra vez Cora huye del cazador de esclavos Ridgeway, de los patrulleros camorristas y mercenarios como Chandler, y de sus sabuesos, criados para detectar el olor a negro. Escondida en su prisión, su único refugio, mirando hacia otro lado en su escondrijo, en el desván de Martin y Ethel, otros prisioneros encadenados al miedo, intentando evitar cada fiesta de los viernes, cada ejecución.

Pobres hijos de Cam frente al imperativo americano. Tu propiedad, tu esclavo. En Carolina del Norte la raza negra no existe sino al final de una soga. Pero ni en la muerte el cuerpo negro se iguala al hombre blanco.

Después de Tennessee, Indiana. Si Royal como hombre libre, Lander como príncipe exótico o los Valentine como un milagro eran una fantasía de cómo se podía vencer al prejuicio o una breve burla del fantasma oscuro, eso no lo sabía. Lo que sí estaba claro es que algún día alcanzarían el triunfo y la prosperidad. La sangre negra con la que el blanco alimentaba la caldera un día hundiría el sistema.

Pero mientras, habría que seguir huyendo y continuar buscando las estelas de vapor y ruido del ferrocarril, del ferrocarril subterráneo.

En esta novela hay una realidad depredadora del alma que te consume la razón. El ferrocarril subterráneo es una ruta de 1820 con un trayecto que continúa en 2020. Elevado hoy y ahora, en una superficie donde se sigue escapando de la tiranía del amo, donde los honrosos ideales de unos se siguen negando a los otros, donde no se puede predecir cuál será la siguiente maldad. Y donde para esperanza de algunos, debe seguir quedando una estación y la compañía de gente maravillosa.

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Comentarios publicados

Una auténtica joya de la narrativa, una historia contada a través de una metáfora… Una clara alegoría del bien contra el mal que te incita a reflexionar sobre el mundo en el que vivimos, más allá del puro tema racial. ¿Si lo recomendaría? ¡Sin dudarlo!

P.Molinos

Admito que fui muy aséptica a la hora de leerlo en tanto que sobre la esclavitud en Estados Unidos, prácticamente ya se ha dicho todo. Pero no, El ferrocarril subterráneo es una novela fresca donde te enganchas rápidamente, compartiendo cada una de las pesadillas que sufre su protagonista en busca de la libertad.

Nayara Esteve

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